
IV-
El actor (2º parte)
En el escrito que hoy compartimos vamos a intentar continuar con las ideas expresadas en el escrito II, en el cual hablamos del actor.
Sería recomendable releer lo dicho entonces, para darle cierta continuidad a las ideas.
¿Conservaron el dibujo de los círculos?
Mencionamos que el dibujo que hicimos es un Mandala. Un Mandala personal, un símbolo que nos puede permitir una cierta representación simbólica de nuestra interioridad, y otorgarnos una nueva perspectiva para el trabajo del actor que aspira a expresar su esencia.
Recuerden que estamos manejándonos en un nivel de representación simbólica de nuestra interioridad, y que una de las posibilidades de volver más accesibles estas ideas es tomar lo que decimos como una metáfora de trabajo.
Si observamos nuestro dibujo, vemos una zona más cercana a la corteza donde podemos ubicar todos los roles o yoes cotidianos, las máscaras que hemos desarrollado (o adquirido) como recursos de nuestra personalidad para desenvolvernos en la vida.
Un “escucha” me preguntaba en un mensaje personal cómo descubrir esos “supuestos yoes”, dado que él “a duras penas se reconocía en uno o dos ”. Dos, ya es un buen punto de partida.
Un ejercicio sencillo es comenzar con los yoes más cotidianos, pero es fundamental partir de una auto observación e indagación sincera. Podemos escribir en un papel:
Yo-hijo (si no conocí a mis padres, o luego de que fallecieron, yo-huérfano)
Yo-hermano
Yo-pareja
Yo-amante o seductor
Yo-amigo (y pensemos si hay distintos yoes para distintos amigos)
Yo-empleado / profesional /etc.
Yo - ...............
¿Cuál es mi yo, o si lo prefieren, mi máscara en esas relaciones? Busquen el rasgo que los diferencia, la zona interna desde donde surge nuestra sensación de “yo” en determinadas relaciones y circunstancias.
Piensen situaciones cotidianas, visualícense en relaciones de distinto tipo y que despierten distinto interés. Y también piensen en reacciones orgánicas inesperadas ante determinadas situaciones. Es un ejercicio sencillo por donde comenzar, pero es la punta del iceberg...
Como dijimos en otra oportunidad, es fundamental el observar sin juzgar. Estos yoes existen por una necesidad real de desenvolverse en el afuera. Sin embargo, el ubicar nuestra identificación en esa zona, va dejando en sombras otras posibilidades, zonas más profundas, zonas donde se tiene acceso al núcleo creativo del actor, zonas donde podremos reconocer yoes intensos y desconocidos.
De esta zona profunda e inexplorada, es de donde surgen los arquetipos.
Imaginemos (u observemos en nuestro mandala) una zona de frontera entre nuestra personalidad y nuestra esencia. Es un sitio de inmensa riqueza, y que interactúa constantemente con la esencia.
Este sitio suele permanecer a oscuras, y no son pocos los actores que se sumergen en él en busca de la experiencia que excede lo personal, allí podemos encontrarnos atravesados de humanidad.
La búsqueda, de la que venimos hablando desde un principio, ocurre simultáneamente en el afuera y en el adentro, el punto de partida es el “conócete a ti mismo”. Esta búsqueda nos llevará necesariamente a indagar en lo profundo: cuanto más profundo es el terreno en el que nos internamos, más vasto es el territorio al que accedemos. Un territorio mucho más vasto que el inconsciente según lo entendemos a partir de Freud. Por esto mismo es que he mencionado la psicología de Carl Jung: el concepto del inconsciente colectivo es el que nos permite entender que “mi” experiencia no es sólo personal, sino que contengo (o si lo prefieren, tengo acceso) a la experiencia de la humanidad, la cual incluye el factor trascendente, aquello que nos trasciende en cuanto humanos, y que podemos intuir o captar a través de símbolos, mitos, dioses, diversas formas que han expresado lo desconocido en distintas culturas y tradiciones.
El campo sobre el cual investiga y trabaja el actor es él mismo.
Somos cuerpo, mente, emoción, energía. Y somos más que eso.
Somos seres con deseos, sueños, ideas. Y más...
Somos seres que habitan el misterio de la existencia. Intentar explicar ese misterio nos hizo pretender atrapar en formas lo que no puede ser explicado a través de la palabra. Pero en el vínculo entre la forma y lo que existe (que a la vez nos incluye y nos trasciende) hay una clave fundamental para el trabajo del actor del Teatro que intentamos. Esa clave es la que posibilita que nuestra búsqueda se transforme en Arte.
Natalia, una participante del foro, se preguntaba: “¿Cómo podré darme cuenta, en la búsqueda de mi esencia, si estoy llegando a ella o a una de todas esas máscaras que, por su tamaño, brillo o color, me engañan haciéndome creer que son lo que no son?”
Resulta una pregunta interesante, porque una vez emprendida la búsqueda todos nos haremos una pregunta similar.
Decía un maestro:
“Cuando se emprende un camino, resulta más útil sostener una pregunta adecuada, que obtener respuestas inmediatas”.
Ahora bien, tenemos una aliada para la búsqueda: la observación de sí.
Para conocer y reconocer nuestras máscaras, nuestros yoes, nuestras zonas que permanecen en penumbras, y permitirnos ahondar en nuestro interior, debemos ubicar ese núcleo que, para algunas escuelas de conocimiento, recibe el nombre de Yo observante. Es el yo-testigo, el que todo lo presencia, lo registra y, precisamente, lo observa. Para los que han transitado el camino de la actuación (en sus diversas modalidades) puede resultar afín la idea: hablamos de esa “zona” de la conciencia que sabe que no es el personaje, la parte del actor que en silencio observa, que no se identifica, que sabe que transita una situación teatral. Si tenemos ese registro, bastará volverlo consciente y permanente, despojarlo de crítica, y confiar en el aprendizaje a través de la observación.
Desarrollar esa visión interior, será fundamental en el camino a la esencia y en el despliegue de nuestro potencial creativo. Desde allí observamos las mecanicidades de las que somos presos, los hábitos innecesarios e inconscientes, los límites que adquirimos o nos auto impusimos. Es la observación la que nos permitirá ir limpiando el río creativo de elementos ajenos, de impurezas y obstáculos, para que fluya inagotable.
Y este yo-observante, a medida que se vuelve sólido y constante, es el que observa el trabajo del actor, el que empieza a vislumbrar los aspectos sutiles de la actuación, de la interacción con los otros, de las formas, del espacio.
¿Cómo diferenciar lo real de lo adquirido?
¿Cómo entrar en contacto con los mensajes ocultos en los símbolos?
¿Cómo hallar las formas que expresen el misterio?
Observando, mientras se busca en el trabajo creativo, hasta que la respuesta surja.
Una vez emprendido el camino, habrá máscaras que, simplemente, querremos dejar caer. Otras, quedarán al alcance de la mano, para ser utilizadas si son necesarias, pero desde un registro consciente de que no somos “la cáscara” aunque necesitemos muchas veces de ella.
Y hay yoes, fragmentos de lo que somos, que comenzarán a integrarse, a amalgamarse.
Para saber quiénes somos, debemos entender lo que no somos y lo que creemos que somos.
Mientras buscamos, observamos en estado de alerta interior, pero sin tensión y sin pre -ocupación.
Mientras buscamos, sostenemos preguntas.
¿Es posible crear o sólo se entra en contacto con una fuente creativa?
¿Cuál es la fuente de donde brota lo creativo? ¿Dónde se encuentra?
¿Los arquetipos surgen de mí o me invisto de ellos para actuarlos?
¿Cuál es la verdad escondida en los mitos, en los relatos de antiguas tradiciones?
¿Se puede avanzar desandando caminos?
¿Soy uno? ¿Soy muchos? ¿Quién es real en mí? ¿Cuál es mi Yo profundo y verdadero?
Preguntas que guían, que orientan la búsqueda, que crean caminos.
Sostener preguntas permite que conciliemos paradojas...
Personalmente no creo que exista un único método propicio para emprender la búsqueda.
Pero sí es cierto que existen muchos falsos caminos, que abunda un teatro “propulsión a ego”. Recuerden no juzgar: el ego no es “malo” o “bueno”, es más, resulta necesario, cumple una función. Pero sí es fundamental tener claro que el ego acecha pretendiendo devorar los frutos destinados a la esencia.
Por eso, más allá de explicar cómo, de qué manera, convirtiendo este escrito en un manojo de recetas, quise hablar de la observación, la cual permite el estado de alerta necesario para no extraviarse, para desarrollar la intuición, y para ampliar la conciencia.
Algo más: Cuando hablamos de actor santo, pensamos en alguien que encontró respuestas; alguien que alcanzo la Verdad, o determinado estado de plenitud o gracia que puede resultarnos muy lejano. Entonces, la intuición de otro estado para el ser humano, un estado de gracia, de unidad (de no-fragmentación), de plenitud del Ser, puesto como una meta distante pasa a convertirse en un nuevo condicionamiento. Sucede entonces que en afán de alcanzar cierto estado, se pretende ser lo que no se es (el fruto devorado por el ego antes de su maduración) o se coarta y abandona la búsqueda por sentirla lejana, y hasta inalcanzable.
Vamos en pos de lo creativo, desarmando condicionamientos, estemos alertas para que nuevas ideas no creen condicionamientos nuevos.
Quizás, la experiencia de ofrecer la búsqueda en sí misma como un acto creativo nos permita descubrir un Teatro insospechado, un Teatro que al intuir Verdad la muestra, un Teatro que en busca de la esencia la roza y logra expresarla aunque (por el momento) permanezca velada.
Ofrecer la búsqueda como un acto de fe en lo que puede ser hallado, mostrar el intento, transformar lo que somos y el espacio-tiempo de grado en grado, en la ardua tarea de mostrar los grises hallados cuando se partió desde el negro hacia el blanco.
Buscar lo imposible, mostrando el Teatro posible de este momento.
Transformar la ceremonia teatral en un ritual de búsqueda
Convertirla en un Camino que, paso a paso,
se irá colmando de Sentido.
Gracias por prestarme atención. Clodet.
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