
Le debo esta frase reveladora, “el artista como chamán”, a Olga Weyne. Olga es una de mis maestras, una artista de la vida, historiadora, investigadora, astróloga, una mujer incasillable de la raza de Xul Solar. Ella sostiene desde su lugar lo mismo que algunos intentamos desde el teatro: recuperar el sentido sagrado del artista como clave de estos tiempos. Me debía aclarar esto antes de continuar desarrollando estas intuiciones.
Presiento que debemos ser cuidadosos y hablar de intentos y de intuiciones, alguna vez mencionamos en este mismo foro el riesgo de autoproclamar que uno hace teatro sagrado como si fuera posible controlar los resultados de la experiencia. La única convicción que tenemos quien andamos por estos rumbos es de que estamos buscando.
Es la vía del intento, la misma vía de la que hablan ciertos pueblos originarios mexicanos y que a muchos ha llegado a través de Castaneda, maestro para algunos, profanador de misterios para otros, no vamos a detenernos a discutir esto ahora.
Es la vía del intento, la misma vía de la que hablan ciertos pueblos originarios mexicanos y que a muchos ha llegado a través de Castaneda, maestro para algunos, profanador de misterios para otros, no vamos a detenernos a discutir esto ahora.
El intento es un recurso chamánico absolutamente emparentado con ciertas herramientas del actor. Es el poder secreto de direccionar todo en uno hacia un resultado incierto, transformador, desconocido. Esto lo observamos especialmente cuando nuestro propósito excede la idea de reproducir gestos y sensaciones cotidianos y nos aventuramos a explorar los confines de lo visible.
El intento prescinde de lograr su propósito, se lanza a saltar el abismo sin ningún afán de alcanzar el otro lado pero actuando como si pudiera.
Sucede que en el medio, acuden fuerzas.
El intento convoca energías desconocidas, vibraciones, alas o gestos que desafían las leyes del mundo material y que no son explicables ni transmisibles. ¿Cuál es el salto que me lleva desde mí hacia esa que no soy, o al menos esa que en mí no se había expresado hasta ahora?
¿Cuál es el gesto, el paso, la respiración que se transforman en llamado para que lo desconocido me habite, para que lo intuido se exprese, para que lo inefable se manifieste?
Y es que precisamente, podemos explorar en esos gestos, ritmos, pasos y conocerlos íntimamente como el chamán reconoce la ruta por la que accede al mundo de sus ancestros. Su conocimiento acerca de ese mundo atávico es muchas veces precario, ínfimo. Pero el conocimiento acerca del sonido de su tambor, de las palabras, del árbol por el que ascenderá, del ritmo con el que ha de hablar, es preciso, íntimo, y cuando más perfecto más rápido accede, más presente se encuentra en el viaje a lo desconocido.
Porque si hay un misterio que debemos aceptar, es que el trance no se trata de perderse.
Trance en un sentido ritual implica estar plenamente presente en otra realidad, observarlo todo, poder decidir, accionar a voluntad y a la vez, estar abierto al misterio sin falsos supuestos.
¿Se experimenta de modo distinto al cotidiano? Sí, absolutamente. ¿Pero cuán presentes estamos en lo cotidiano?
¿Se experimenta de modo distinto al cotidiano? Sí, absolutamente. ¿Pero cuán presentes estamos en lo cotidiano?
Trance implica un modo de conciencia acrecentada, de percibir y estar de modo más completo lo cual es transición, corrimiento del registro habitual de lo que llamamos “yo”.
Si aceptáramos al menos como premisa de trabajo que hay un modo más pleno de presencia, percepción y por ende acción, quizás arribáramos a que no se trata siquiera de irse a otros mundos, sino de traer otros mundos a este, de revelar ese inenarrable mundo que el mundo ilusorio deja velado y por medio de un acto creativo, de un ritual... hacerlo presente.
1 comentarios:
Clodet: quedé empapada de lluvia y ritualidad, gracias por descubrirme un mundo secreto que era mío, que es nuestro...
Te quiero maestra, la más bella y sabia que podía encontrar...
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